Años sesenta: Aramita Delgado Morín, profesora de Lengua

Publicado: 14 mayo, 2015 en Educación, Generaciones sin instituto

Fuente: “Reseñas sobre educación del municipio de Tías”
Por: José Juan Romero Cruz y Juan Cruz SepúlvedaE-60

Aramita Delgado Morín, natural de Tías y profesora de Lengua del ÍES César Manrique de Santa Cruz de Tenerife.

“Recuerdo con nostalgia la escuela unitaria femenina en Tías, donde pasé mi infancia. Siempre guardaré un recuerdo cariñoso y un gran afecto para con mis maestras, que alimentaron mi inteligencia y modelaron mi espíritu: Doña Nieves Páez, Doña María Bermúdez y la señorita Rosa Hernández. Las tres cimentaron en mí los pilares de lo que iba a ser mi vocación: la enseñanza. Mujeres las tres, nos enseñaban todas las asignaturas. ¿Recuerdan la Enciclopedia Álvarez? Hoy me pregunto: ¿cómo impartiendo clases a tantos y distintos niveles, quedaba humor para enseñarnos a bordar, iniciarnos en cocina y, lo más importante, a saber comportarnos ante cualquier circunstancia?

Tengo que confesar que bordar no se me daba bien, esa clase (eso sí, con el bordado en la mano) la utilizaba yo para aprender de las alumnas mayores y no precisamente matemáticas y lengua. Eso hizo que en un día bordara todo lo de un trimestre y lo tuve que deshacer, castigada y sentada al lado de la señorita. ¡Qué abnegación la de aquellas profesoras! Creo que el premio que obtuvieron era el cariño de las alumnas, el agradecimiento de los padres y una consideración social extraordinaria.

Guardo también un recuerdo especial para mis condiscípulas: Mª Nieves Ferrer, Cedes, Naty Álvarez, Julia García, Begoña, las hermanas Borges, en especial Candelaria, que en paz descanse. Entre las alumnas mayores recuerdo a Matilde Reyes con la que nos divertíamos mucho. En ausencia de las profesoras, abría la maleta y en lugar de libros y cuadernos llevaba: arvejas, porretos y hasta una sandía. Hasta que un día nos castigaron porque estábamos comiendo en el aula. Yo era muy traviesa y discutía con Don José, el cura, que en paz descanse, cuando iba a la escuela. Eso me creó más de un dolor de cabeza.

A las profesoras mencionadas todavía les quedaba tiempo para ensayar poesías para el mes de mayo y había que sabérselas perfectamente porque las niñas de Mácher recitaban muy bien y no podíamos hacer el ridículo. Para cumplir el círculo también asumían la misión de hablar con los padres para que nos permitieran ir al instituto y eran ellas las que compraban los impresos para solicitarnos las becas. Eso es vocación y abnegación, por eso confieso que fueron muy importantes en mi vida.

En el Instituto de Arrecife, estudiando ya bachillerato, una de las cosas más divertidas era el viaje en la guagua. Sentados encima de las lecheras repasábamos a Aristóteles, terminábamos la traducción de latín y contábamos chistes (Irene Parrilla debe recordarlo). Estando Mª Julia Calero en 4.°, un día no había hecho la traducción de latín y desafió a todo el mundo que la tendría hecha antes de llegar al instituto. Nos subimos en la guagua de Yaiza y en ella venía un cura, Don Bienvenido Delgado. En efecto, María Julia se sentó a su lado y le hizo la traduc¬ción para un mes, con lo cual ganó la apuesta.

Ir y volver de Tías a Arrecife era muy divertido, pero suponía un gasto excesivo para nuestros padres. ¡Dios mío! ¡Cuántas personas inteligentes acaso no hicieron el bachillerato porque eran muchos en casa y eso representaba un gasto increíble! En fin, acabamos el bachillerato y nos vimos en La Laguna presentándonos a la selectividad. Cinco años en La Laguna constituyeron la etapa más importante de nuestra formación, ya que iba a desembocar en nuestra profesión: la docencia. Allí tuvimos que elegir la especialidad deseada y esto no tenía marcha atrás, no podías equivocarte (económicamente no podías permitirte ese error). También supuso la dispersión del grupo de compañeras que veníamos de Lanzarote.

Toda la carrera la hicimos en el marco del franquismo, donde miembros de la policía secreta se matriculaban en todas las facultades para recabar información subversiva y a cada momento detenían a compañeros, pues ellos tenían sus listas negras y como los estudiantes vigilados abandonaran el recinto universitario, los detenían. Una compañera de Las Palmas hizo su último curso en la cárcel, donde la examinaban. Así nos hicimos mayores, terminamos la carrera y cuando nos dimos cuenta, a buscar trabajo. Oposiciones en Madrid y elección de plaza definitiva. Así me inicié en la docencia en el Instituto Politécnico de Santa Cruz de Tenerife, llamado hoy día, para mi orgullo, ÍES César Manrique.

Recomiendo y animo a los alumnos del Instituto de Tías, nuestro pueblo, a que continúen sus estudios. Algunos estoy seguro que nos sustituirán en la docencia y comprobarán que a pesar de todo, es gratificante ver a generaciones crecer en sabiduría y en valores humanos. Así que, feliz andadura a todos en ese Instituto, enhorabuena al claustro de profesores, a los padres, a los alum¬nos y a todos los que han hecho posible que ese centro sea la realidad que se celebra hoy”.

“Ir y volver de Tías a Arrecife era muy divertido, pero suponía un gasto excesivo para nuestros padres. ¡Dios mío! ¡Cuántas personas inteligentes acaso no hicieron el bachillerato porque eran muchos en casa y eso representaba un gasto increíble!”

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