Pregón de La Asomada 2013

Publicado: 11 junio, 2015 en Pregones de La Asomada

Fuente:
Archivo de: Óscar Torres Perdomo y Jesús Perdomo Ramírez

Pregón de las Fiestas de San José Obrero
La Aasomada   2013
Por: Antonio Bonilla Ramírez

Antonio Bonilla-2013

Estimadas autoridades, queridos vecinos:

Cuando hace algo más de dos años la comisión de fiestas me planteo la posibilidad de dar en algún momento el pregón de las fiestas de La Asomada, yo acababa de asumir la dirección del departamento de Análisis Matemático de la Universidad de la Laguna por un periodo de dos años. Estaba en la fase donde uno pasa de despertarse al sonar el despertador, a estar despierto una hora antes de que suene, dándole vueltas a lo que tenía que hacer ese día.
Así que les planteé la posibilidad de darlo, si les seguía interesando, al finalizar el cargo, en parte para ganar un poco de tiempo y en parte porque se lo podían replantear, que es una estrategia que suelo utilizar con mi hijo aunque con bastante poco éxito hasta la fecha.

El problema era que, aunque uno puede estar acostumbrado a hablar para una cantidad más o menos numerosa de alumnos, hablar en el pueblo de tu madre puede provocar que a esta le resulte al día siguiente más difícil subir la cuesta que conduce a la tienda y no toda la culpa la tenga la pendiente y el viento.

Durante este periodo me he preguntado varias veces de que podía hablar, normalmente se suele decir que uno debe hablar de lo que sabe, pero si hablaba de lo que se supone que debo saber algo, de Matemáticas, a pesar que la gente de la Asomada ya planta poca cebolla y tomate, podría suceder que por primera vez en un pregón de las fiestas se viese lanzamiento de objetos, y esta vez claramente identificados.

Al final llegue a la conclusión que me gustaría contestar a una pregunta que me he hecho algunas veces: cómo, a pesar de no haber nacido en La Asomada y que partir de los trece años solo he estado en este pueblo en periodos vacacionales, siempre que alguien me pregunta de dónde soy, yo contesto con cierto orgullo de La Asomada.

Bueno, lo de no haber nacido en La Asomada no es relevante, hoy en día la mayoría de los niños nacen en el hospital en Arrecife y no creo que por ello la gente diga yo soy de Arrecife. En el año 1966 las mujeres daban a luz en sus casas y ser madre entrañaba cierto peligro y de ello tenemos algunos ejemplos en este pueblo. Así que mi madre, imagino que porque se sentía más segura, decidió tenernos tanto a mí como a mis hermanos en casa de sus padres en Máguez.

Dado que yo de mis cuatro primeros años de vida no recuerdo casi nada, voy a centrarme en cómo era La Asomada en los años setenta, al menos cómo la veía un niño con menos de trece años.

Antes de comenzar me gustaría que quedase claro que todas las referencias explícitas o no a personas de este pueblo están hechas desde el máximo respecto y que sepan
1 disculpar cualquier imprecisión que se haya podido producir en mis recuerdos. Además aunque me utilice a mi mismo como hilo conductor, el objetivo es mostrar cómo era la vida de este pueblo en aquella época y no creo que la historia cambiase demasiado si me sustituyese por cualquier vecino de este pueblo de aproximadamente mi edad.
La Asomada que yo recuerdo a inicio de los setenta es un pueblo sin luz , ni agua corriente, ni teléfono, donde ni siquiera su carretera principal estaba empichada, no había iglesia y sus gentes vivían esencialmente del cultivo de cebollas en La Asomada, los tomates en Mácher y las parras en la Geria. A esto se añadía una agricultura de subsistencia donde se plantaban papas, lentejas, garbanzos, judías, arvejas y millo y algunas verduras como habichuelas, coles o zanahorias, que se utilizaban para hacer el potaje.

Alguna vez he ido en Tenerife a un restaurante donde ofrecen ensalada con frutas de temporada y pienso que algo similar comíamos nosotros en aquella época: agua, papas y un grano (lentejas, garbanzos y en menor medida chícharos o judías) y las verduras que hubiese. Esto es, potaje con verduras de temporada. La fruta como también se pueden imaginar era de temporada y se reducía esencialmente a uvas, guayabos, fruta de higuera e higos picones. Que cuando había, había y cuando no, no se traían de Chile.

Curiosamente alguna vez podía haber un trozo de vieja seca asada, que hoy podría ser considerado un lujo. Sin embargo nosotros no le dábamos ningún valor, ya que en mi casa llegó a estar la liña de tender de mi madre llena de viejas de punta a punta secándose, ya que era la única manera de conservarlas.

El cebollino se sembraba la mayor parte en el cabildo. Pero en la casa siempre se solía sembrar un poco y el agua que se obtenía de la lluvia no era suficiente para regarlo y el consumo de la casa. Por ello era muy común ver a un camión con una cuba descargando agua en el aljibe, al menos una o dos veces al año.

Resultaba que si la cosecha de tomates o cebollas era buena te la mal pagaban, y si era mala te la pagaban un poco mejor pero no lo suficiente para que compensar la baja producción. Eso si no había algún año que después de mucho esfuerzo no te pagaban porque decían que les había ido mal. La verdad es que, al menos en mi casa, nunca tuvimos noticias de ellos cuando les fue bien. Como se suele decir, las cuentas del pobre nunca salen y en el campo creo que menos.

Siempre me ha sorprendido ese fatalismo existencial que imagino le ayuda a la gente del campo a sobrellevar las dificultades y que se podría resumir en el siguiente ejemplo asociado a las parras, donde un agricultor diría:

– El año que viene seguro que no cae ni una gota y las parras no van ni a reventar.
Supongamos que ese año cae el diluvio universal y la cosecha es muy buena. Y entonces dirá:
Será para que venga un calor y se las lleve todas. Supongamos que ese año el calor no viene y entonces:
Bueno, a ver si las cobramos.

También es verdad que en alguna de estas situaciones no se produzca es altamente improbable.
En la actualidad uno oye hablar del aprovechamiento de recursos, del reciclaje como algo novedoso. Cuando es algo que llevaba haciendo la gente del campo toda la vida. En las casas solía haber cabras para obtener la leche, queso y algún cabrito que se alimentaba con hierba, paja y pámpano o punta de parra. También había ovejas a las que se echaba los restos de las comidas de las cabras y el entullo de las cebollas y que se utilizaban para obtener estiércol y carne, aunque había que dejarles de dar ramas de cebollas un mes antes porque si no la carne tenía un sabor extraño. Además había algún cochino que se alimentaba con las sobras de la comida, un poco de millo y la granula que se obtenía cuando se pisaban las uvas. Esto, junto a la ausencia de yogures, zumos, refrescos, etc., hacía que se produjese en una casa menos basura en un mes que ahora en un día.

También en la bodega de mis tíos elaborábamos vino, donde a la uva después de pisarla, se le hacían dos pies, es decir, se introducía dos veces en la prensa, después se desenganzaba y se le hacía un tercero y finalmente un cuarto para sacar la esencia. Según sabemos hoy, la esencia de lo que nunca se debe echar al vino.

En esos momentos se estaba dejando de plantar los terrenos que se encontraban entre la zona que comprende la carretera de Mácher y Puerto Calero de arvejas, cebada, etc. Y empiezan a desaparecer los camellos que serán sustituidos por los primeros furgones. Yo no debía tener más de seis años cuando vi llegar los últimos vasos del camello cargados de arvejas a la era de mi casa que después se trillaban con unas tres burras, una que había en casa y otras dos que se pedían a los vecinos. También de ver cargando a mi padre agua con el camello en barricas para llevarla a una tierra que tenía mi tío Segundo cerca del Instituto de Yaiza para plantar tomateros. En mi casa todavía se conserva una foto que le enviaron una vez unos extranjeros que acompañaron a mi padre desde la Asomada donde se observa cómo vaciaban el agua de las barricas en bidones. Es la época donde se considera un gran negocio vender terrenos a la orilla de la marea a cuatro perras para hacer arenados. Quién pensaría en aquel momento que ahora muchos de ellos estarían sembrados de aulagas.

En Máguez, en casa de mi abuelo cuando querían meterse conmigo, decían que la Asomada eran tres casas, una en cada esquina, aunque esto era una exageración es verdad que salvo en el centro del pueblo era difícil encontrar más de dos casas juntas. Lo que no sabían era que tres familias, los Betancor, los Camacho y los Hernández, se habían puesto de acuerdo para formar un pueblo de un tamaño bastante razonable dado que entre las tres suman aproximadamente 40 hijos.

Sin embargo tenía cuatro cosas que en mi opinión en aquel momento eran importantes: un practicante, una escuela, el gusto por las cosas bien hechas y unas vistas impresionantes.

En un pueblo donde había muchas familias que no disponían de coche, donde la guagua pasaba tres veces al día y donde cuando ibas al médico era que estabas grave de verdad y ya llevabas un par de días en cama con fiebre muy alta, si no hubiese existido Mateo el carpintero, posiblemente habría que haberlo inventado, y curiosamente, no por la carpintería. Ya que uno podía ir a su casa a ponerse las inyecciones si no te encontrabas muy mal y en caso contrario él venía a la tuya.

Para que se hagan una idea cualitativa del número de coches que había en la Asomada en aquella época les voy a mostrar dos hechos:
El primero es que mi tío Segundo tenía una tierra cerca del cementerio de Tías donde plantábamos tomates. Cuando regresábamos, entre la una y las dos de la tarde, nosotros sabíamos que si entre Mácher y nuestra casa pasaba un coche no tendríamos que venir caminando, a pesar de ello el 75% de las veces llegábamos a mi casa a pie.
El segundo es que algunas tardes subía un señor montado en el camello, que imagino que dormitaba por el cansancio de la jornada de trabajo y recuerdo que era tal el balanceo que yo me quedaba mirando pensando ahora mismo se cae, pero jamás me preocupaba de que pudiera venir un coche y lo atropellase, a pesar que el camello muchas veces iba por el centro de la carretera.

Hoy se dice que el servicio 112 puede poner casi en 5 o 10 minutos una ambulancia en cualquier sitio de Lanzarote. En aquella época la situación era bastante diferente. En mi familia siempre hemos tenido afición por la caza y solíamos Ir a comer los conejos que cogíamos a una habitación que tenía mi tío Segundo en el Golfo, un domingo por la tarde salíamos del Golfo por la carretera de los Hervideros en un Land-Rover que se acababa de comprar Mario y al que todavía no le había hecho ni siquiera el rodaje, Mario, mi padre, un perro y yo. Delante nuestro iba un señor que conducía una moto si aquello se podía llamar conducir porque iba de banda a banda, en cada curva de los Hervideros nosotros decíamos de esta no pasa, pero sorprendentemente llegó hasta enfrente de Janubio donde siguió recto y dando una voltereta cayó en el volcán, rápidamente pasamos el perro hacia delante, pusimos al hombre tendido detrás y 4 marchamos a sesenta o setenta para Arrecife, con un pañuelo por la ventanilla, salvo por Mácher por si acaso alguien reconocía el coche y la familia se podía preocupar. Como ustedes podrán suponer no había móvil para avisar a la familia y como se suele decir las malas noticias vuelan. Recuerdo que Mario le preguntaba a mi padre de vez en cuando.

– ¿Está vivo?
Y mi padre contestaba:

-Parece que respira.

Cuando llegamos a Arrecife no nos daban paso y Mario tuvo que subirse en algunos sitios por las aceras. Al final pudimos dejarlo en el Hospital y por suerte creo sobrevivió.
En otra ocasión estábamos mis hermanos, un amigo y yo jugando a la bola con unas piedras y unos cayados más o menos redondeados delante de mi casa, cuando un muchacho del pueblo que bajaba en bicicleta por la carretera todavía sin empichar enfrente de mi casa se le rompió la horquilla de la bici y se fue de cabeza, nosotros cruzamos la tierra de mi tío Segundo a toda carrera y cuando llegamos estaba sin conocimiento, mandamos a parar al primer coche que paso. El coche lo llevaba una mujer a la que su marido venía enseñando a conducir, la pobre mujer se puso tan nerviosa que por poco se sale de la carretera y este coche lo llevo al Hospital.

Como pueden observar, el servicio de ambulancias era el primer coche que pasaba y de las condiciones higiénicas en las que podía encontrarse el vehículo mejor no hablar. El espacio que ocupaba un perro, segundos más tarde era ocupado por un herido. Por otro lado eso de inmovilizar a la persona antes de moverla, lo que yo recuerdo se parecía más a subir un saco de papas.

Con respecto al hecho de que La Asomada dispusiera de escuela creo que nunca ha sido suficientemente valorado, supuso que en aquella época casi todos los chicos de la Asomada aprendieran al menos a leer y a escribir, que aunque hoy en día parezca natural en aquella época no lo era.

Ahora cuando los padres mandan a sus hijos a la escuela hacen una preinscripción y demás papeleo, en mi caso un día con 5 años iba con mi madre a una tienda que tenía Victoria enfrente de la actual y el maestro le dice:
Mañana me traes al chico a la escuela. Y me dice:
Tú vas a venir conmigo, con los grandes.

Como mínimo debían ser 4 o 5 años mayores que yo. De mi primer día de clase yo recuerdo que el maestro me mandó a pintar un tomate. Mi padre con cinco años me había enseñado a leer un poco y la tabla del 2 y el 5. Algunas ventajas que tiene el ser primogénito, pero eso de pintar, como que no. Siempre recuerdo que Pedrín me pintó un tomate sin que se diese cuenta el maestro que parecía hasta de verdad. No sé si este recuerdo viene incentivado porque en aquella época no hacer lo que decía el profesor suponía un par de reglazos en la mano o algún cogotazo.

Era la época donde además de aprender a leer, escribir y las operaciones básicas, uno debía aprenderse la lista de los reyes visigodos aunque no tuviese ni idea de que habían aportado a la historia de España, los ríos españoles aunque posiblemente la idea que tenía uno del Guadalquivir era algo así como el barranco de Kikere con un poco agua o las cordilleras españolas con sus picos más altos aunque cuando le hablaban a uno de dos o tres mil metros de altura pensaba en un poco más que la montaña de Guardilama.

No quiero que se interpreten mis palabras como una crítica a los maestros de aquella época, imagino que reproducían métodos que a ellos les habían enseñado y lo hacían con la mejor intención intentando mejorar la educación de los niños que tenían a su cargo en unas circunstancias que estaban lejos de ser las mejores para desarrollar su labor.
Un día, creo que estudiaba cuarto curso, el maestro le dio un reglazo en la mano a un compañero de clase, éste la retira y la regla al dar contra el suelo queda medio rota por la mitad en sentido longitudinal. Entonces el maestro le pide a Juan, el hijo menor del carpintero, que le trajese una, a lo que nosotros le decíamos que no; un día ya no pudiendo justificar más sus reiterados olvidos, se la trajo. El maestro, que creo se había dado cuenta que llevaba semanas dándole largas, cuando Juan se la entregó y se sienta, le dice:

-Juan, ven un momentito que vamos a ver qué tal funciona.

Ese día se llevo un par de reglazos, en parte imagino por culpa nuestra.
Años más tarde cuando finalizábamos 5 de EGB teníamos que ir a Tías para cursar de sexto a octavo. Íbamos en la guagua por la mañana y regresábamos al mediodía. Era poco recomendable ir de mitad hacia atrás ya que si el conductor se ponía algo nervioso porque los chicos iban haciendo escándalo, paraba la guagua y nos mandaba caminando.

Al final de curso, el día de entrega de notas solíamos venir caminando de Tías por el camino de Peñas Blancas. Un año, veníamos de Tías y nos quedamos a jugar en una casa enorme abandonada al final del camino de Peñas Blancas, que creo llamaban la casa del Oso. Nosotros estábamos jugando tranquilos en la casa, cuando aparece un señor mayor bastante enfadado. Otro compañero y yo que estábamos por la parte trasera cuando vimos pasar al hombre gritando, pensamos que va a coger al resto de los compañeros dentro de la casa y vamos a avisarles. Mientras tanto los compañeros nos gritaban desde fuera que saliésemos que venía un hombre. Nos lo encontramos de frente, jamás me imagine que un hombre de aproximadamente 60 años pudiese correr tanto. Yo que en la escuela cuando el profesor nos mandaba a correr si llegaba penúltimo ya era un logro, llegar donde estaban el resto de los chicos esperando me dejó sin energía, menos mal que unos compañeros me agarraron por los brazos y me llevaban corriendo en medio. Siempre recuerdo aquel momento como en los dibujos animados cuando alguien corre sin fundar los pies en el suelo. La verdad es que aquel día si no es por ellos me la habría alcanzado y la verdad es que nunca supe la razón por la que aquel señor nos persiguió. Llegamos corriendo hasta cerca de donde se encuentra hoy el instituto de Yaiza, porque ante todo nuestro primer objetivo era que no supiese que éramos de la Asomada. En aquella época si había algo que sabias tendría un arresto importante es que alguien diese quejas a tus padres, independientemente de que hubieses hecho algo o no.

Con respecto a las cosas bien hechas, en este pueblo la gente rastrillaba y surcaba derecho, las calles de los millos se medían, el cebollino había que plantarlo derecho, cuando se escavaban los hoyos de parra en la Geria estos quedaban inmaculados, los alrededores de las casas solían estar barridos y alisados. Años más tarde en casa de mi abuelo en Máguez, éste me dice un día:

– Coge la burra y ponte a rastrillar. Yo le dije:
– Abuelo es que yo no sé. Mi abuelo me contestó:
– Que no sabes, tú coge la burra, empieza por aquí y terminas por allá y lo único de que debes preocuparte es de haber pasado por toda la tierra.
Cuando terminé yo había pasado por toda la tierra y mi abuelo no se quejó aunque había más curvas que en Haría. Eso mi padre en La Asomada jamás me lo hubiese permitido.
A mí siempre me ha sorprendido la diferencia entre la forma de trabajar en una parte y otra de la isla. En el ejemplo de la rastrilla en ambos sitios se obtenía lo esencial, eliminar las malas hierbas y que la arena estuviese más suelta con todas las ventajas que ello conlleva. Sin embargo aquí, además se exigía belleza plástica en el trabajo realizado aunque ello conllevase más tiempo a la hora de realizarlo.
Con respecto a las vistas, siempre he pensado que el hecho que saliendo a la puerta de tu casa pudieses contemplar el mar, isla de Lobos, Fuerteventura y varios pueblos no tenía precio. Prueba de ello es que siempre ha habido gente de la isla o de fuera interesados en construirse una casa en este pueblo y posiblemente si no se han hecho más ha sido por el apego de la gente del campo a la tierra. Posiblemente en una isla donde las diferencias entre los pueblos sean cada vez más difíciles de establecer, salvo entre pueblo turístico y pueblo dormitorio. Esta sea una de las pocas señas de identidad que conserva La Asomada.
Como ya habíamos comentado antes, en aquella época La Asomada no tenía iglesia y la gente iba a misa bien a Tegoyo o Mácher, nunca he tenido claro si la gente de La Asomada prefería ir a Tegoyo porque la misa era los sábados por la tarde mientras en Mácher era los domingo por la mañana o por la manera de saludar en Mácher que dentro de los piques propios entre pueblos daba la impresión que decían:

-Oh, qué hacen por aquí, es que no tienen iglesia en La Asomada.
En algún momento se decide por parte del pueblo hacer la iglesia, y seguro que si se pregunta a la gente menos joven del pueblo por la iglesia le contestarán con orgullo que es del pueblo. Normalmente con el dinero que aportaban los vecinos y el que se obtenía en las fiestas se pagaba a un albañil y siempre había alguien que echaba una mano. En muchos pueblos de Lanzarote se puede observar el siguiente orden en la construcción de ciertos edificios, primero la iglesia, después el teleclub y finalmente las canchas deportivas junto con un pequeño parque infantil.
En aquella época no había televisión, bueno por no haber no había ni luz, conseguir un libro más allá de alguna novela del oeste era casi misión imposible, así que yo echaba bastantes tardes porque me gustaba escuchar la historias que se contaban allí.
Recuerdo que cuando estaban haciendo el techo de la iglesia estábamos un día Antonio Hernández y yo preparando la mezcla y por más agua que le echábamos el albañil siempre la pedía más líquida. Hasta que Antonio dice:
– Ahora va a ver.
Cuando subimos el cubo de mezcla el albañil grita:
– Ahora se han pasado.
No nos íbamos a pasar, si le habíamos echado media palada de mezcla y el resto lo habíamos rellenado de agua.
También recuerdo que encalando la pared exterior que da hacia este edificio el andamio se movía una barbaridad y la gente decía al albañil que lo debía sujetar mejor, a lo que él contestaba que no había de que preocuparse porque estaba en la casa de Dios. Aunque ahora el campanario está situado en un lateral, inicialmente el campanario estuvo situado en el centro con una cruz bastante grande y hay que reconocer que se ganó con el cambio.
La iglesia estuvo terminada bastante tiempo sin plaza, durante este periodo un día el coche del cura se puso en movimiento solo y terminó parando en una tonga de bloques a pesar del esfuerzo de algunos chicos para intentar pararlo.
El suelo de la plaza, por ejemplo, se hizo un día con un grupo bastante numeroso de personas del pueblo. En aquella época la gente solía llevar una botellita de vino para el refuerzo de media mañana o el almuerzo. Ese día a media mañana en el descanso uno de los que estaban trabajando saco su botellita y después de echar un trago bastante largo dice:

-Este vino está bastante aguado.
No iba a estar aguado si alguien bastante cercano se lo había bebido casi todo y le había dejado dos dedos en el fondo y después se la había rellenado de agua.
En un pueblo con tanta pendiente y donde el terreno era tan importante para la supervivencia de sus gentes, encontrar un sitio para jugar a la pelota no era fácil. Nosotros jugábamos en la era de Don Fefo, en aquella época el teleclub y las canchas todavía no se habían construido, y los domingos en un campo de fútbol que había en el morro donde los partidos podían empezar a las tres de la tarde y terminar a las siete. Ya mayorcitos, algunos domingos mi madre me dejaba 15 pesetas (aproximadamente 10 céntimos) con las que podía comprar después de los partidos un paquete de galletas rosadas o un paquete de galletones, dependía del hambre, para compartir con mis hermanos.
También hubo una época donde se jugaba en el pueblo a un tipo de escondite nocturno donde los que se escondían debían declarar más o menos su posición silbando para que los que los buscaban los pudieran encontrar, se oían silbidos en medio pueblo, pero este juego no duró mucho porque, aunque se hacía cuando los terrenos no estaban cultivados, a los mayores no les hacia demasiada gracia que los chiquillos estuviesen corriendo por los arenados.
En otro orden de cosas, la carretera de la Asomada siempre ha tenido un punto negro que ha sido la curva de la iglesia porque cuando alguien que no conoce la carretera y viene desde arriba piensa que continua derecha y cuando está encima y se da cuenta de que no es así, intenta rectificar y muchas veces terminaba dentro de la tierra de mi tío. Nosotros ya estábamos acostumbrados cuando de tardecita oíamos un estruendo, ya sabíamos que otro coche se había ido dentro, unas veces con solo el conductor bebido o no, y otras, acompañados de personas o perros lo cual era un problema porque al abrirles la puerta uno no sabía cómo iban a reaccionar. También alguna mañana se observaban los rastros de algún coche que había entrado por encima y había salido por debajo pasando por encima del cebollino. Todavía hoy me sorprende el número de coches que fueron necesarios se fueran dentro de la tierra para poner una simple valla y una señal que lo habría evitado.
Cuando se eligió a San José Obrero como santo del pueblo, nunca he sabido la razón, un problema que surgió era que su festividad era el 1 de mayo y estaba dentro de la zafra de la cebolla por lo que se decide celebrar las fiestas del pueblo el último domingo de mayo. Las casas se pintaban para el día de la fiesta y el pueblo se engalanaba colocando unos pitones o vigas dentro de un bidón a un lado y al otro de la carretera para poder colgar las banderillas, más o menos desde la iglesia hasta el centro del pueblo (cuando el verano pasado empecé a preparar las primeras notas sobre lo que iba hablar y surgió el tema de los pitones, me preguntaba donde estaban las piteras y durante un buen rato no fui capaz de recordar dónde estaban. Resulta que en aquella época en las orillas de los caminos había bastantes piteras que han ido desapareciendo con el ensanche de los mismos, en particular junto a mi casa). También en los primeros años se creaba un recinto en la Bodega de mis tíos con palmas que se cortaban de aquellas palmeras que tenían una altura razonable y eran accesibles al menos con una pequeña escalera. En esa época todavía la carretera no estaba empichada y la verdad es que quedaba un lugar bastante acogedor. En dicho recinto se hacia el baile, alguna luchada, piñata para los niños y hasta algún año Carmelo llegó a recitar unas poesías enormes.
Más tarde pasaron a celebrarse en el almacén de Mario, que los primeros años no estaba techado. Un año idearon techarlo con toldos para evitar el frío y estuvo a punto de ocurrir una desgracia, ya que no tuvieron en cuenta el viento que en la Asomada casi es una constante. Mis hermanos contaban que sentían como si la pared empujase y que alguien que entraba les gritó que corriesen, que la pared se venía al suelo. En ingeniería se dice que cuando tú quieres estudiar un problema, como son demasiadas las variables, hay que eliminar la mayoría y quedarse con las importantes para poderlo manejar. En La Asomada si hay una variable que nunca debemos eliminar es el viento.
Como es habitual el sábado por la noche era el día fuerte de las fiestas con el baile y el domingo al mediodía se sacaba el santo en procesión de la Iglesia hacia arriba y se solían tirar voladores desde un teste que había situado más o menos donde nos encontramos y después se reunía la familia a almorzar.
Para finalizar me gustaría insistir en que a través de mis vivencias solo he pretendido mostrar una realidad que a muchos de nosotros nos tocó vivir, con sus cosas positivas y otras no tanto. Donde en la elección de las anécdotas, se ha buscado más mostrar el trasfondo que muestran que la situación en sí misma.
Además no quisiera terminar sin agradecer que me hayan permitido compartir con ustedes unos recuerdos sobre unos años de mi vida que siempre he considerado han sido muy importantes en mi formación como persona y desearles a todos unas Felices Fiestas.

Muchas gracias.

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