Pregón de Mácher 2002

Publicado: 11 junio, 2015 en Pregones de Mácher

Fuente:
Archivo de: Óscar Torres Perdomo y Jesús Perdomo Ramírez

Pregón de las Fiestas de San Pedro
Mácher  2002

jose juan romero -Macher Por: José Juan Romero Cruz

Con sorpresa, gratitud y cierta dosis de riesgo, como no podía ser menos en quien tiene que hacerlo por primera vez, recibí y acepté la invitación de pregonar estas entrañables Fiestas para ofrecer un punto de vista diferente sobre Mácher, tal y como corresponde a mi edad y a mi relación con este pueblo. Pertenezco a esa generación de nietos de abuelos que vivieron toda la vida en Mácher y de hijos de padres que al casarse se fueron a vivir a otros sitios, aunque nunca perdieron los vínculos y siempre miraron a su pueblo natal como a una brújula.

Fruto de esa actitud, muchos de nosotros, decenas de nietos de Mácher, pudimos vivir en este pueblo los mejores días de esa etapa fundamental de la vida como es la infancia, y por ello, siempre hemos querido regresar, mucho antes de la moda inmobiliaria, a Mácher, un topónimo que, además de un territorio, señala para nosotros muchos recuerdos y sentimientos.

El paisaje de Mácher, un pueblo que se consolidó como tal a partir de las erupciones del siglo XVIII, fue definido por el escritor e historiador Agustín de la Hoz como “un dilatado milagro”. En su obra “Lanzarote”, publicada en 1964. De la Hoz contempla en Mácher “una naturaleza domesticada y encauzada hacia los cultivos del tomate y la cebada”, los cuales tuvieron su auge en el ecuador del siglo XX. Mi abuelo, Pedro Cruz, y otos vecinos de su generación, como Marcial Aparicio, Marcelo Machín, Genaro Bonilla y muchos otros, a quienes por ley de vida hemos perdido en estos años, fueron algunos de los artífices de ese milagro. Transformaron áridos eriales en una de las zonas agrícolas más prósperas, lo que le valió a esta comunidad para ser reconocida como “un pueblo muy trabajador”, tal como lo describió Agustín de la Hoz. Gran parte de ese mérito, para ser justos, cabe atribuírselo a las esposas de esos agricultores, Petra, Rosalina, Avelina, Josefina y tantas otras, abnegadas trabajadoras en el campo y, también, en el hogar. La entrega histórica de Mácher al trabajo es, sin duda, su mejor carta de presentación.

Los protagonistas de la transformación que hizo posible una mejor vida en Mácher tenían ante sí un panorama bastante sombrío cuando nacieron, allá por los inicios del siglo XX. La estructura socioeconómica los ahogaba en una realidad en la que, como en otras zonas rurales del país, sólo podían aspirar a ganarse nada más que el sustento diario trabajando de sol a sol como criados o medianeros de alguno de los terratenientes del lugar, a quienes pertenecían la mayoría de las fincas. Mi abuelo Pedro, al igual que sus padres, trabajaba para José Pereyra Galviaty, agrónomo licenciado en Francia, delegado del Gobierno de la Isla, alcalde de Arrecife entre 1922 y 1930 y propietario de un gran caserón en este pueblo. Como otros jóvenes con aspiraciones, mi abuelo Pedro tuvo que emigrar. Y en Gran Canaria primero, y en Tenerife después, probó su suerte. Luego vino la Guerra Civil para ensombrecer todavía más el futuro de este pueblo. Sólo las leves mejoras de las condiciones socio-laborales, introducidas a mitad de siglo, permitieron la emancipación de la población, que por primera vez encontró posibilidades para adquirir terrenos y lograr su ansiada libertad.

Para entender mejor la especial relación con el trabajo de estos vecinos de Mácher, hay que detenerse en su estilo de vida. Aunque espartano y sacrificado, una vez que tuvieron alguna tierra en su propiedad, estuvo dominado por una sensación de felicidad serena e interior. Cuentan que única borrachera de alguno fue una vez que llovió después de una larga sequía y se subió a un camello sin silla, para inquietud de guardias civiles con tricornio que temieron por la vida del alegre jinete. La ilusión por el trabajo en terreno propio y sin jefes, la alegría de ver a la tierra dar sus frutos, así como la relación por la que más trabajo es igual a más producción y a más comodidades para el hogar y la familia, eran el impulso cotidiano y la celebración silenciosa de cada día. Las costumbres eran despertarse antes que el día, preparar el medio de transporte, camello o burro, trabajar en la tierra aprovechando el fresco dejado por la noche, volver a casa, comer pescado acompañado de un vaso de vino, dormir la siesta oyendo el parte de la radio, y por la tarde, echarle de comer a los animales y preparar cosechas y cultivos de cebollas, tomates, uvas, garbanzos, lentejas, judías, arvejas, piñas y papas, en charla con familiares y vecinos que visitan la casa. Los domingos, reunión con el vecindario en misa. Y así, toda una vida de paz y sosiego, que explica el carácter tranquilo y bondadoso de las gentes de este pueblo, peculiar por sus casas diseminadas.

Y en este andar rápido por el tiempo llego a mis primeros recuerdos de infancia en Mácher, tirándole piedras a los dátiles de una palmera de seis metros. Mácher era un parque infantil gigante, sin peligros. Nuestras correrías, de varios kilómetros, tenían lugar tanto en el Mesón como en El Rincón, en lo alto de Guardilama como en Peñas Blancas y en El Cercado, en la Granja de Don Matías como en El Volcán, en Los Hornillos como en El Polvillo. Salir de la casa en Mácher era simplemente salir pa`fuera, mientras que en otros sitios era salir a la calle, identificada siempre con más riesgos. A finales de junio, las Fiestas de San Pedro significaban para nosotros el comienzo de la mejor época del año. El día grande comenzaba muy temprano, con el ruido de voladores y un gran trajín en la casa preparando la gran comida, puchero cabrito. Luego la función, en la antigua ermita, donde el puesto de monaguillo estaba muy cotizado entre los chinijos de Mácher.

Comenzaba el verano de 1982 y las fiestas de San Pedro se trasladan a las actuales instalaciones del teleclub y de la iglesia, entonces nuevos como el sistema democrático estrenado cinco años atrás y la actividad económica del turismo. A partir de ese año empiezan mis recuerdos más claros de esta Fiesta.

El fútbol hacía furor entre nosotros los chicos y play-back musicales entre las chicas. En fechas previas a San Pedro, igual que los vecinos adecentaban y albeaban sus casas, nosotros acondicionábamos el campo de fútbol situado por debajo de La Casilla, frente a la Iglesia. Hacíamos las porterías con pitones de piteras y quitábamos los ripios de un terreno de juego con tanta pendiente como la cuesta del Mesón. El día grande de la fiesta jugábamos contra La Asomada, con quien previamente ya habíamos jugado en las fiestas del Palo, por lo que siempre había alguna venganza pendiente. Por las tardes, después de las películas que proyectaba Salvador y las gimkanas, se celebraba el gran play back de las chicas. Llegada la noche comenzaba la verbena y la fiesta continuaba para los más chinijos junto al furgón-kiosco de Luna, donde comprábamos petardos y batíamos el récord anual de consumo de papas fritas y refrescos.

Veinte años después, en Mácher, como en el resto de la Isla, se perciben muchos cambios, unos buenos y otros no tanto. La reconocida capacidad trabajadora del pueblo se ha centrado principalmente en el sector turístico; las comodidades en los hogares se equiparan con los propios de los países más avanzados; las aulagas han cubierto los enarenados de cultivos, teniendo que importar cebollas y tomates; algunas fincas se han convertido en parcelas que en su venta reportan cuantiosas sumas de dinero; Mácher se ha convertido en un lugar de lujo para vivir; personas procedentes de diversas partes del mundo eligen este sitio para residir conformando una realidad multicultural; cada vez circulan más coches por las vías del pueblo; los tortuosos caminos se han cubierto de asfalto; ha aparecido en Mácher la actividad del turismo rural y pronto lo hará la oferta comercial; al mismo tiempo, un grupo de animados vecinos siguen organizando con entusiasmo las Fiestas de San Pedro y se preocupan por mantener vivas las tradiciones con actividades como el teatro

Mácher, como otros pueblos de la Isla, corre el peligro de masificarse y de perder su característica principal: la tranquilidad ganada históricamente con sus casas diseminadas. Cuando alguien proponga prolongar el ritmo actual de crecimiento, incrementando la oferta de plazas turísticas, recordemos la amenaza que supone, particularmente, para Mácher. Pensemos en los más chinijos y en la infancia que se merecen, como la tuvimos nosotros, para que el pueblo no se convierta de nuevo en un erial, pero esta vez de cemento, donde no pueda operar ningún “dilatado milagro”. Entre tanto, y mientras podamos evitarlo, hagamos aflorar la alegría y estrechemos nuestros vínculos en la ocasión que nos brindan las Fiestas de San Pedro de este año 2002.

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