Pregón de Tías 2014

Publicado: 6 julio, 2015 en Pregones de Tías

Fuente:
Archivo de: Óscar Torres Perdomo y Jesús Perdomo Ramírez

Pregón de las Fiestas de Ntra. Sra. de La Candelaria
Tías 2014
Por: El Rancho de Pascuas de Tías

pregonero1

Queridísimos vecinos y vecinas del pueblo de Tías, ilustrísimas autoridades, buenas noches. Como cada octubre, suena el teléfono y una voz que dice: “Muchachos, ya nos reunimos para recordar los toques y cantos de la Navidad”. Benigno manda a formar filas como cada año y, de repente, en un ensayo cualquiera, el concejal nos invita a ser los pregoneros de las Fiestas de la Candelaria y San Blas.

Para nosotros, como para cualquier persona de nuestro amado pueblo, es un honor anunciar la llegada de las fiestas y en esa tarea estamos, intentando mantener el listón bien alto, de la misma forma que lo han dejado los pregoneros y pregoneras de un tiempo pasado. Por otra parte, permítanme ser el humilde y aprendiz portavoz de una agrupación que acarrea tradición, de una institución que transpira cultura y de personas que se han ganado el respeto de resplandecer con luz propia en la historia de nuestro municipio.

¡El rancho! Sus cantos unen la Navidad con las fiestas de La Candelaria y San Blas porque para nuestro pueblo ese margen de tiempo sigue significando: fiestas, jolgorio, espectáculos, bailes, fervor a las ofrendas, devoción y adoración a nuestros Santos Patrones: La Candelaria y San Blas.

Cuentan los más sabios, que desde el mes de agosto, una serie de personas se reunían para seguir con una costumbre ancestral que pervive en el tiempo: arenar las espadas, poner a remojo el pito, afinar los instrumentos y amarrarse las castañuelas. En el pueblo de Tías de aquel tiempo, se formaban distintos ranchos de Pascua y su único sentido era transmitir y anunciar el Nacimiento de Jesús, como lo hicieron aquellos primeros pastores que compartieron con los demás el misterio del Nacimiento del Mesías.

Las veces en que el rancho cantaba en la Iglesia eran concretas: las misas de luz (que sucedían desde el 13 de diciembre hasta el 23), el 24 de diciembre (Nochebuena), el día de los Santos Inocentes, el día de Año Nuevo, el día de Reyes y La Candelaria.

Durante las misas de luz, hacían ritos con canciones, bailes y ofrecían animales al Niño Dios, que colocaban en una cesta de palma con paja en el centro del Altar Mayor. Estas celebraciones empezaban el día 13 de diciembre, día de Santa Lucía, con las nueve misas de luz, que se hacían de madrugada, saliendo de la iglesia al mismo tiempo que salía el Sol. Durante esas misas se colocaba la imagen del Niño en el Centro del Altar Mayor y al final, bajaba el rancho del Coro para hacer el baile del niño, con las ofrendas, recitando versos y cantando.

Durante esas nueve misas de luz que se celebraban, cuentan los viejos que en todo el Municipio se organizaban unos siete ranchos y que, a través de un sorteo, uno era el que entraba a la iglesia para tocar en la misa del gallo. Mientras tanta, el resto esperaba fuera para luego repartirse por todo el pueblo hasta por la mañana. No iban todos los componentes siempre a todas las misas. Durante esos días, iban a veces tres o cuatro personas a cantar, pero siempre eran del rancho.

Por otra parte, los labradores que iban a escavar las parras, se levantaban temprano para trabajar, dejaban las palas en las puertas de la iglesia y se gozaban la misa para cumplir con la devoción y escuchar al rancho de ánimas de aquel entonces. Después de escuchar a los ranchos seguían su labor como cada día.

Sin duda alguna, las anécdotas colman la memoria de nuestros mayores pero si hay algún día que más recuerdos almacena, siempre es la noche del Nacimiento. Esa noche nadie podía entrar en la iglesia hasta que las campanas dieran “las terceras” sobre las 11:30 de la noche. A partir de esa hora, la gente del pueblo comenzaba a entrar en la iglesia y lo primero que se encontraba era un portal de Belén, cubierto con una sábana o una cortina por encima de la cual sólo se veía el cielo estrellado. Esto sucedía porque el portal no se podía ver hasta que el cura no dijera el “Gloria Dios de los Cielos”. Se trataba pues de una sorpresa para el pueblo y así era porque según comentan algunos de nuestros mayores, “entonces sí eran portales bonitos”. De todas maneras, no había prisa por ver el portal porque, en aquel tiempo, las misas podían durar: dos, tres o incluso cuatro horas. Comentaba Benigno que, con el cura Don José Quintero, podían pasarse horas en la iglesia ya que empezaba a cantar villancicos, que le gustaban mucho, y alguna vez salieron a las cuatro de la mañana. Y eso que en la iglesia no cabían más personas. Había gente hasta por los pasillos laterales.

Pero curiosamente, la religiosidad era en ambas direcciones porque un año, el cura Don José Quintero se enfermó con 39-40 de fiebre y fue el pueblo quien lo reclamó. Fueron a buscarlo con el camión de Rafael Cedrés y Benigno lo convenció para que fuera a decir la misa. Dio la misa, sacó la procesión con el niño en los brazos, como se hacía antes y, después de eso, corrió como un tiro a acostarse de nuevo.

Antes de ir al Nacimiento se reunían en alguna casa y “principiaban ” de varias maneras. Una de ellas era entretenerse con juegos de cartas como: sota, caballo y rey, la raposa, las siete y media, el envite, grande-chico… y para acompañar el entretenimiento, ¿por qué no? Se podían echar unas castañas o almendras y un vasito de vino. ¡Bueno! Quien dice uno, dice algunos, que la Nochebuena lo merece y es una celebración especial. El Nacimiento era acompañado con alegría, a veces con más de la necesaria, ya que más de uno, juntaba la alegría de la Nochebuena con la mezcla de vinos y las ganas de parrandear y comenzaban cantando pascuas para terminar cantando pasodobles.

Se ve que no era una cosa del rancho de Tías sino de toda Canarias porque las confianzas y las malas conductas de algunos componentes enfadaron al Obispo Don Antonio Pildáin Sampiáin, quién prohibió la entrada de los ranchos a los templos de toda la Diócesis de Canarias. Así, desde el año 1942, el rancho tocaba desde la puerta de la iglesia y sólo durante el Besapié. No fue hasta el año 1962 que, a fuerza de insistir al cura Don José Quintero, se consiguió que el rancho volviera a cantar dentro de la iglesia.

Incluso así, daba igual dentro o fuera de la iglesia, lo que sí se mantuvo fue el deseo de disfrutar de la buena compañía y las ganas de parrandear el día de Nochebuena. Cuando el rancho terminaba de tocar en el Nacimiento, iba a cenar y, a las tantas, paseaba de casa en casa ofreciendo sus cantares. Aunque fueran cuatro por la calle, la gente de las casas les decía: “Pasen, pasen”. Siempre había un trato amable y una invitación desinteresada, donde la única idea era pasarlo bien y disfrutar de las amistades. En aquella época, las personas que invitaban a sus casas no tenían demasiado que ofrecer a no ser que hubieran podido reunir para hacer unas truchas. En esos casos sacaban: turrones, truchas, polvorones y lo que tuvieran por ahí.
Hubo un tiempo en que se bailaba con el rancho en la misa. Y así decía María Dolores Rodríguez Cabrera (la madre de Julián) “Recuerdo yo chica, ver bailar en la iglesia mientras les acompañaba el rancho a Servando Álvarez y a su hermano Domingo”. Por otro lado, también decía Vicente Reyes Bermúdez en 1977: “Recuerdo hace muchos años que los pastores, cantando y bailando, se acercaban al portal mientras cantaban:
Sea bienvenida la zagala hermosa.
Sea bienvenida la fragata rosa.”

Nuestro rancho también cumplió una función social. Así se cuenta que un matrimonio de Yaiza, allá por el año 1912, sólo tenía un hijo. La esposa murió y el chico se quedó con el padre. Éste se casó de nuevo y el hijo se fue haciendo grande, como grandes se fueron haciendo las desavenencias entre los dos. Tanto fue así que un día pelearon y el hijo se fue de casa. Llegó la Navidad y el Rancho de Tías habló con el muchacho, a través de unos amigos, para que les acompañara a casa de su padre. El chico, aunque en principio se negó en redondo, después de soportar la insistencia de sus amigos, accedió a acompañar al rancho a casa de su padre en Yaiza. Cuando llegaron, lo despertaron y le cantaron:

“Levántate, (no se acordaba del nombre)
que aquí está tu hijo,
que te viene a ver
con gran regocijo.
Pues ya en el mundo
no tienes otra cosa.
Único recuerdo
que dejó tu esposa.”

El viejo se levantó, se abrazó al hijo y se echó a llorar.

En aquel tiempo, el rancho tenía menos miembros que ahora. Se mantenía con diez o doce personas aproximadamente, pero desde su creación han sido muchísimos los componentes que han pasado por ella, muchos los lugares de ensayo y muchos los recuerdos.

Así, se ensayó “en la casa de la paja” de Vicente Reyes, en casa de Manolo Reyes, en casa de Pacho Hernández, en el Morro, en la casa de Benigno, en el almacén de Félix Montelongo, en casa de José Luis Cabrera, en casa de Lázaro, en la Iglesia de la Candelaria y en casa de Seño Justo actualmente.

El tiempo hizo del Rancho de Pascua de Tías una agrupación nueva cada vez. Y es que las personas iban y venían como el sol y la luna. Cabe destacar una agrupación muy recordada que fue la de 1942, que era la que participó en esa Nochebuena en la que cantaron por última vez con algunos miembros como: Pepe Bermúdez, que era el cantante, Don Moisés González García a la guitarra, Luis Cabrera al laúd, Don Antonio Rodríguez Martel al violín, Bartolomé Díaz Mesa a la guitarra y también algunos militares como: Guillermo al laúd, Juan Duque al timple, Domingo Rocío que tocaba las castañuelas y otro soldado al que llamaban “Norberta” que tocaba el pandero.

Cuando Benigno sustituyó a Pepe Bermúdez como solista del rancho, ya era otro rancho aunque con las mismas canciones, con los mismos instrumentos y el mismo espíritu. Podemos acordarnos de rancheros como: Juan Díaz, Bartolomé Díaz, Juan Álvarez, Joaquín Álvarez, Félix Álvarez, Manolo Reyes, Antonio Reyes, Marcial Barreto, Carlos Hernández Viera, Hilario y Ramón Reyes, Pedro González, Félix Montelongo, Juan Rodríguez, Andrés González, Idelfonso Pérez y Dámaso Villalba.

En 1963-64 se ensayaba en la casa de la paja de Vicente Reyes (el abuelo de Mario) con: Benigno al acordeón, Juan Díaz con el laúd, Rafael Rodríguez y Pedro González con sus guitarras, Idelfonso Pérez, que tocaba el timple, José Luis Cabrera y Perico Cabrera con las espadas, Andrés González con las castañuelas (por estar Dámaso enfermo), Rafael Rodríguez (el de Frasquita) con el pito y Lázaro Martín con el pandero. Recuerdan que una vez fueron en el furgón de Pascual a la Asomada para tocar por los caminos y cuando venían de vuelta, pararon en las Vegas de Conil, al lado de la casa de Doña Carmen, ya que había “comistraje” en casa de Gabriel Viera, con motivo del casamiento de una de sus hijas. En aquel tiempo, los días de luto se solían respetar, así que nada más llegar les dijo el Señor Gabriel: “No me gustaría que tocaran porque estamos de luto por mi hermana”. A lo que Benigno le contestó: “¿Pero usted no ve que esto son cosas de Dios?” Y Gabriel se resignó diciendo: “¡También es verdad!”.

Esa noche estuvieron hasta las cuatro de la mañana tocando y recuerdan que fue cuando un componente del Rancho, quien tocaba las castañuelas, se llenaba los bolsillos de mantecados. Con la derecha tocaba la castañuela y con la otra se llenaba los bolsillos de mantecados, mimos, dulces y todo lo que pudiera coger. Después cambiaba de mano para tocar con la izquierda y así tener la derecha libre para seguir llenando el bolsillo contrario.

Hubo algún tiempo en que el rancho se sustentó con los chinijos porque desapareció la gente mayor. La aparición de los primeros niños comenzó allá por el año 56 ya que antes los niños no podían ir a muchos sitios. Por supuesto, iban a ensayar y a la misa pero no salían de fiesta con los mayores.

Esta incorporación fue favorecida porque algunos padres se dedicaron a enseñar los instrumentos a sus hijos y allegados. En este caso: Benigno se encargó de la mayoría de los que han pasado por el rancho. Solían ser personas de las Cuestas como: Nito, Cialo, Juan Ángel, Pepe el carpintero, Julián, Pepe Caraballo, Paco, Ramón, Mario, Paquito (el de Jerónimo), Lázaro, Juan Martín, Manolo Martín,…

Por otro lado, también hubo otro profesor que fue el padre de Monso, quien enseñó a: Kiko, Carlos Fernández, Juanito, Emilio, José Luis, Lucas, Rogelio (el de Mácher), José Domingo Borges, Francisco el del morro,… Se animaron al rancho de Pascua porque estaba toda la cuadrilla ya que, de por sí, no ponían mucha atención.

Benigno ayudó a sus alumnos comprándoles las guitarras a Panchito Espínola. Las guitarras habrían costado cien pesetas y todos los niños, como: Eugenio (el del Hoyo del Agua), José Luis Cabrera, Juan Ramón y Mario iban pagando cinco duros cada mes. Todo el mundo podía aprender de mano de sus profesores aunque Nito recuerda algún año en que, cuando venían de vuelta de la ruta parrandera hacia sus casas, alguien decía: “Porque yo aprendí a tocar en quince días. Yo no sé por qué la gente de ahora no sabe tocar. ¡Yo aprendí a tocar en quince días!”. Y otro le contestaba: ” ¡Tú, ni has sabido, ni sabes, ni sabrás!”

El primer Nacimiento que Nito se gozó en la Iglesia de San Antonio fue de monaguillo con ocho o nueve años. En ese tiempo, la iglesia no tenía piso sino jable, no estaba encalada, ni tenía sobretecho. Es más, ese día estaban trayendo rofe de la Geria. No había más que el esqueleto de la iglesia y, tanto era así que, no hacía mucho tiempo atrás, el equipo de lucha de Tías solía venir a entrenar a la iglesia. El único sitio que no se mojaba era la sacristía, y recuerdan los luchadores una ocasión en que llovió mucho y se metieron allí para resguardarse.

Esa noche estaba Señor Pepe cantando arriba en el coro de la Iglesia de San Antonio y parecía que el rancho estaba en el centro de la iglesia de lo fuerte que sonaba. Por aquel entonces, el estilo de canto era prácticamente “al empujón “, por lo que se parecía más a los ranchos de ánimas de antaño que a lo que hoy escuchamos.

También hay que mencionar a muchas personas que pasaron por el rancho y eran soldados que estaban destinados en Lanzarote porque, durante la II Guerra Mundial, corrían rumores de una invasión en Canarias y movilizaron a muchos soldados para aquí. Gran parte de los colaboradores eran soldados y algunos tocaban el pandero “que era maravilloso” pero el rancho seguía siendo una cosa creada en Canarias por canarios.

Han sido muchos los cantantes solistas que han pasado por el rancho. Uno de los primeros cantantes fue Pepe Bermúdez, que era el especialista. Después de eso le siguió Benigno. Por ahí se aventuraron algún año: Juan Ramón Fernández, Cialo y Monso, hasta que llegó Manolo “el rubio”, que estuvo bastantes años y al que siguió: Raúl Martín, luego Ruymán Martín y hasta la fecha un servidor, Blas Martín.

En el rancho nunca hubo mujeres, lo que pasa es que sobre los años 70 se permitió que participaran familiares de Benigno como: su hija Bernardita y su mujer Carmen, que tocaba la guitarra. Quizás esto fue debido a que ellas ya formaban parte de los Cantores del sur, un grupo de música que nació en casa de Benigno, con varios familiares y vecinos, y que luego por navidad, formaban parte del rancho de Tías. Bernardita empezó con diez años a tocar el requinto y como ella era chinija, no quería ir a ensayar sino a jugar, pero Benigno era estricto para esas cosas y no se podía fallar. Posteriormente, se volvió al rancho puramente masculino y las mujeres no volvieron a formar parte del rancho hasta el año 2007.

Sería imposible recordar todas las vivencias que el rancho posee porque sencillamente, es imposible conocer los orígenes del rancho. Ya la madre de Benigno le comentaba que su bisabuelo desde que llegaban las Pascuas, se reunía con más personas y cogía dos cuchillos a modo de espadas y se ponía a tocar. En forma de resumen, comentaremos algunas de nuestras vivencias:

Durante algunos años, los componentes del rancho pasaban por casa de Benigno, que era el punto de encuentro, tiraban para la iglesia con intención de gozarse el Nacimiento, volvían a casa de Benigno y después salían a parrandear por las casas. También recuerdan dos o tres años que pagaron a Carmen Fontes (la madre de Nito) para ir a cenar a su casa. Le pagaban cinco duros para que les hiciera la comida, iban para la misa y después volvían para comer, continuando con la fiesta posteriormente. Puede que alguna vez no se pusieran de acuerdo de hacia dónde ir, se hartaban de comer y beber y al final, cada uno tiraba para su casa.

Por los años 60, como Benigno trabajaba en el banco en Arrecife, salían el día de Reyes o el día de Año Nuevo al mediodía en la guagua e iban para Arrecife invitados a la casa de Vicente Guerra en la plazuela. Allí “principiaban” con la contradanza mientras caminaban por la calle Real de Arrecife y las personas se “quedaban bobitas ” mirando. Todo el mundo se paraba para escucharlos tocar, al tiempo que se dirigían a la casa parroquial donde estaba el párroco Don Andrés. Una vez, el Delegado del Gobierno les preguntó: “¿Qué vienen? ¿De Tías? “Sacó la cartera y les dio treinta pesetas para que volvieran en taxi ya que no los pudo invitar a comer. Esas treinta pesetas no se las repartieron al final sino que las dejaron como fondo.

Recuerdan con simpatía que una vez, Balbino y Dámaso iban por la iglesia vieja y Dámaso cantaba: “Arando en el pedregal, se me cambó la besana y acordándome de Ana la volví a enderechar” y decía Balbino: “¡Qué sí!” Así, Dámaso soltaba un cantar y Balbino culminaba con la coletilla: “¡Qué sí!”

Una vez entraron en casa de Jacinto Pérez y éste les dijo: “Yo con esto no quiero que se vayan pero yo ya estaba preparándome para ir a las Montañas del Fuego”.

El último año que el rancho pasó por las calles de Tías fue el año 1975, que partieron de la Ermita de San Antonio con dirección a la casa de Emilio Bermúdez, pasando por casa de Andrés, de Antonio Rodríguez y después cada uno se fue para su casa.

Las canciones que todavía posee el Señor Benigno, son herencia de Pepe Bermúdez. Así, era fácil encontrar a Benigno detrás de la puerta de la iglesia, escribiendo las letras de las estrofas que se cantaban en el rancho. Las copiaba en una libreta y esa libreta aún se conserva. Y es que como Benigno era de los más amañados escribiendo, intentaba cogerlas sobre la marcha pero si no le daba tiempo de copiarlas, iba a la casa de Señor Pepe para que se las dictara. Se ponía el Señor Pepe acostado en la cama y Benigno sentado escribía las coplas. Señor Pepe se las sabía de memoria, por lo que se las recitaba sobre la marcha y, si Benigno le pedía repetir porque no le daba tiempo de copiarlas, le decía Señor Pepe: “¡Ah! ¡Cabeza de calabaza!”

Litúrgicamente, las Pascuas de Navidad de Canarias acababan el día de la Candelaria con la presentación del Niño en la sinagoga a Simeón. De hecho, algunos rancheros salían con la Misa del Gallo y regresaban a sus casas después de la Candelaria. No en vano, se han rescatado trozos de canciones y corridos que hacen referencia a cantares que el rancho hacía el día de La Candelaria. Por ejemplo: Honorato Bermúdez Mesa recordaba las coplas de un corrido que decían:

“La Candelaria y el niño
lo lleva por buen camino.

La Candelaria nos guía
de aquí pa’ la otra vía.

La Candelaria nos lleva
a la gloria verdadera”.

En esa época, en la Candelaria tampoco se podía hacer mucho ya que los curas no dejaban hacer los bailes porque era pecado, a no ser que se celebraran ocho días antes de la misas. Esas cosas eran del obispo y decía que si había función, no había baile. En la Candelaria no se celebraba más que la función y las parrandas de las fiestas se celebraban en la Sociedad de Tías, donde se rompían las camisas o como mínimo se las echaban por fuera. Cuentan de alguno que no sabía tocar la guitarra pero la llevó al baile y se la encasquetó en la cabeza a otro porque le gustaba el pleito. No se sabe a quién, pero al día siguiente apareció la cabeza de la guitarra metida en un bidón, lo que significaba que él no sabía tocar pero ese día la guitarra sonó como nunca.

Según algunas investigaciones, el rancho participó directamente en las misas de la Candelaria. Y aunque actualmente, el rancho culmina sus actuaciones en el día de Reyes, cada uno pone su granito de arena para que las fiestas sigan siendo motivo para la reunión de los vecinos del pueblo. Algunos han sido y son: Juan Martín (el padre de Lázaro) que tocaba el órgano en las misas, Benigno que le sustituyó y, que además tocaba en la banda municipal, Nito que sigue cantando en el coro de la misa junto con Lázaro, que siempre ha estado cuidando de la iglesia…

Cada uno de nosotros ha hecho acto de presencia en las fiestas de una forma u otra: Faustino y todos los que alguna vez lucharon en el terrero de Tías Ulpiano Rodríguez Pérez, Domingo, Monso y todos los que han participado en la fritura de las fiestas y, por si no fuera poco, ¿Quién no ha participado en los torneos de envite, las carreras populares, los festivales del Pavón, que antiguamente se hacían en febrero, las verbenas, las funciones, etc.?

El recuerdo de las vivencias en esas fiestas hace del esfuerzo de cada año una obligación para que nuestros predecesores puedan seguir con nuestras costumbres, ya que no se trata de una herencia que nosotros dejamos a nuestros hijos sino un préstamo que nuestros hijos nos han hecho a nosotros. Y aunque no se nombre a otras personas por cuestiones de tiempo, queremos reconocer el mérito de la colaboración de todas y cada una de ellas, ya que si no fuera así, el rancho no habría sido lo mismo y no tendría el mismo valor histórico.

Para finalizar, debemos agradecer a todas las personas e instituciones que han asistido que nos hayan dejado la oportunidad de recordar nuestras vivencias junto con los seres queridos y ¿por qué no? Recalcar nuestra aportación a las fiestas, que a partir de ahora ha quedado forjada en la historia de nuestro municipio, de nuestro pueblo, de nuestras queridísimas fiestas de la Candelaria y San Blas. ¡Viva la Candelaria!

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