Pregón de Puerto del Carmen 2002

Publicado: 7 julio, 2015 en Pregones de Puerto del Carmen

Fuente:
Archivo de: Óscar Torres Perdomo y Jesús Perdomo Ramírez

Pregón de las Fiestas de Ntra. Sra. del Carmen
Puerto del Carmen  2002
Por:  Maximino  Ferrer  Pérez

“Estampas de un pueblo”aximino ferrer

A comienzo de los años sesenta, cuando aún era un estudiante de magisterio, me ofertaron sustituir a un maestro en un barrio de Arrecife. Mi primer sueldo de setecientas pesetas mensuales, me hicieron creer que era un hombre rico y, como toda persona acaudalada, me propuse invertir.

Por aquel entonces, conocía la isla palmo a palmo, recorrida a pie o en bicicleta; el coche era un lujo de minorías. En ese recorrido había un pueblo en el que me detenía a contemplar y admirar las extensiones de arena dorada a lo largo de su costa. Eran las desérticas playas, nosotros, los conejeros, no le encontrábamos utilidad, sólo de vez en cuando algún extranjero que llamábamos “ingleses”, sea cual fuera su nacionalidad, vestidos con ropas estrafalarias y cámara fotográfica colgada al hombro, se adentraban en ellas cubriéndose con unos bañadores pequeñitos y tendiéndose luego al sol como lagartos. Con el sonajero se ponían rojos como langostas dejando sus huellas, las únicas, en nuestras hasta entonces, arenas vírgenes. Las playas eran desiertas más propios de África que del Jardín de las Hespérides.

El poblado, formado por unas pocas casas casi escalonadas, habitadas por gente humilde y muy laboriosa. El litoral, playas extensas unas, y otras pequeñas calas recortadas entre puntas o prisioneras en recodos de la costa. No sé que embrujamiento había producido en mí aquel rincón de Lanzarote. Me daba una sensación de paz, de relajación, que cada vez aumentaba el deseo de vivir en aquel lugar; si no siempre, al menos cuando la vida, el trabajo o los problemas te agobian de tal forma que necesitas un reposo. El embrujamiento fue aumentando, hasta que me decidí, convencido de que mi primera y mejor inversión tenía que ser comprándome un terreno en aquellos pedregales junto a las arenas doradas. Muy decidido consulté a un vecino del pueblo, era un hombre mayor conocido, en el que podía confiar: le hablé de la posibilidad de adquirir un terreno próximo a la marea y, sobre todo, que tuviera una playa. El hombre se quedó mirándome irónico y socarrón, pensó un rato y luego preguntó si tan mal me iban los estudios de maestro que me iba a dedicar al pastoreo de cabras. Hizo alguna que otra burla sana, hasta que más en serio me explicó y convenció de que no valía la pena comprar un terreno, que gente aprovechada me iba a pedir; por lo menos, a dos mil pesetas el metro cuadrado, y todo por el capricho de construir una casa que sólo utilizaría el día de San Juan, -fecha en que teníamos por costumbre bañarnos en el mar- y para colmo, en un arenal que ni riscos tiene para mariscar, ni fondo para plantar tomateros.

La verdad que el amigo me convenció y me libró del brujo hechizo de la playa. Pero no del todo, pues de vez en cuando se revivía, sobre todo cuando recorriendo la isla por el centro me encontraba corrientes de arena que apresuradas me herían las piernas, recordando que iban a reposar en las riberas de La Tiñosa.

Me llamaba el mar;
me llamaban las arenas doradas
dormidas entre las puntas de un plácida ensenada.
Me embrujaron los recoveros
de una cueva solitaria.

Tiñosa, que así se llamaba aún, tendría unos quinientos habitantes. Era gente muy trabajadora, se iban a la costa, a la zafra corvinera y, cuando estaban en tierra, no paraban con los barquillos, reparando, pescando o calando por las noches. Otros con sus mujeres cultivaban tomateros, o criaban cabras, gallinas y conejos. Eran incansables, bregando en la costa y en la tierra.

Las casitas, casi todas pequeñas y de variados colores, miraban al mar, las mujeres se agrupaban sentadas en el muro o junto a la puerta. Jareaban las bogas, hablaban de noviazgos, de celos, de peleas exageradas de sus maridos, mientras el chinchorraje de chinijos jugaba sin cesar:

Por las tardes, el pueblo se volvía gris. El horizonte de naranja a rojizo se bordaba con la silueta violácea de Lobos y Fuerteventura

Al anochecer; surgían las sombras entre las casas y en el cielo las estrellas, miles de estrellas, tantas que por sí solas casi iluminaban la aldea. Sólo unas pocas ventanas, permanecían iluminadas, con luz tenue. La silueta de alguien que regresa. Perros ladrando de vez en cuando, ¿y el mar? Divino y misterioso mar. Acariciado por la luna que iba rielando diminutos espejos donde coquetos se miraban los peces.

Y a la luz de la luna
en el Poril, un niño juega
con un “jolatero
tapizado de escamas,
lo tapizó el abuelo…
Y la misma luna besa
una barca que llora
en El Varadero.

La Tiñosa, Cenicienta, pobre y laboriosa, la que me embrujó con su humilde manto de estrellas, se convirtió en Puerto del Carmen. Me dio el placer de ver realizado mis sueños. Fui destinado como maestro durante unos años. Siempre la recuerdo como la Cenicienta sacrificada y olvidada.

Ha pasado mucho tiempo después de que la niña bonita perdiera su zapatito. Lo encontró un príncipe llamado Turismo que se enamoró loco y perdidamente de su hermosura. No sé si ella le quiere, pero es feliz, lo soporta, le regala muchos presentes que antes ni se podía imaginar. Entre ellos, como princesa, un lujoso vestido bordado de hoteles y apartamentos, jardines, avenidas…Tiene muchas amistades, comerciantes, constructores, millonarios empresarios.

Todas las noches está de fiesta, entre música y alegría se la ve radiante con vestido luminoso y resplandeciente, tanto que no le deja ver las estrellas…

Hay una estrella que se le llama también Reina de los Mares o Virgen del Carmen, de quien este pueblo fue siempre muy devoto, sintiendo por ella auténtica veneración, tanto en los momentos buenos como en los malos. A esa Virgencita guapa va dirigido el ruego de este pregón.

Con la sencilla humildad del pueblo marinero le pediremos, en su fiesta, que jamás borre de nuestros corazones, aquella Cenicienta laboriosa que con su trajecito de sombras grises caminaba bajo un cielo estrellado.

¡Viva la Virgen del Carmen!

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