Pregón de Mácher 2017

Publicado: 27 junio, 2017 en Pregones de Mácher

Pregón de las Fiestas de San Pedro
Mácher  2017

Por:  Blanca Bonilla Paz

Distinguidas autoridades, señoras y señores, amigos y vecinos. Muy buenas noches a todos.

Es para mí un gran honor encontrarme hoy aquí para dar lectura al pregón de las fiestas Patronales de San Pedro, en este pueblo de Mácher, mi pueblo. Aunque viviera en la frontera de Yaiza y lleve más de dos tercios de mi vida no residiendo en él siempre será Lanzarote mi isla y mi pueblo Mácher.

Cuando mi apreciada amiga Irene Parrilla, en una visita que le hice con motivo del triste fallecimiento de su hermano Luis Víctor, mi predecesor en el Pregón de las Fiestas del año pasado, a quien desde aquí le dedico un emotivo recuerdo, me comentó si no me importaba hacer el pregón de las Fiestas de este año. He de reconocer que me quedé un poco sorprendida, pues era una cuestión que nunca me había planteado.

Lo primero que pensé en ese momento, y así se lo manifesté,es qué podría yo decir en el pregón, que no se hubiese dicho ya en anteriores pregones, y que no fuera conocido por los vecinos del pueblo, máxime cuando mi fuerte no son las letras, sino las ciencias, y en particular las matemáticas.

Su marido que llegaba en ese momento y que se hizo partícipe de la conversación me comentó lo siguiente: “seguro que si buscas en tus recuerdos
encontrarás vivencias y anécdotas que nos podrás contar”

Así pues, siguiendo su sugerencia, como el que busca en el baúl donde se guardan objetos de tiempos pasados y que parecían olvidados, comenzaron a aflorar recuerdos y vivencias. Fue como una serie de fotogramas retrospectivos, que volvieron a situarme en Lanzarote, donde viví mi infancia y mi primera juventud.

Meditando sobre ello pienso en mi isla, esa tierra donde nací, mi terruño amado, y que siempre formará parte de mí como el número del carné de identidad.

Lanzarote, tierra austera de colores ocres y negros, tierra sobria y sufrida, de hombres y mujeres delgados, dotados no sólo de belleza sino de una gran laboriosidad, donde los colores son de una inusitada luminosidad. Sus tierras, azotadas por el viento, donde la escasa lluvia hace que su fértil suelo, protegido por

las arenas volcánicas, produzca muy buenas cosechas. Para la gran mayoría de los foráneos, este hecho resulta realmente sorprendente.

Lanzarote, Titerroygatra, como sus primeros pobladores, los majos, la llamaban, está marcada históricamente por dos fechas fundamental es.

La primera en julio de 1402 con la llegada de los Normandos de Jean de Bethencourt, durante el reinado de Enrique III de Castilla. Con ello se produce la incorporación definitiva de la isla a la Civilización Europea. Este proceso de conquista fue, en general, pacífico, aunque se produjeron algunos levantamientos aborígenes, debidos a los incumplimientos pactados y rotos, de forma especial, por Maciot de Bethencourt.

La segunda fecha histórica, que supondría un cambio enorme en el devenir de Lanza rote, fue la de septiembre de 1730 al producirse la mayor erupción volcánica de Canarias conocida hasta el presente. Duraría hasta abril de 1736 con intervalos de tranquilidad y fases de virulencia inusitadas.

Las vegas más fértiles de la isla fueron totalmente destruidas, así como todos los pueblos que en ellas se encontraban. Esta impresionante erupción cubriría, a lo largo de siete años, un área superior a 150 kilómetros cuadrados. Para hacernos una idea del tamaño de la misma, esta equivaldría, aproximadamente, a seis islas de La Graciosa.

Con el paso de los años, algunas partes de estas vegas, cubiertas por las capas de cenizas, se recuperarían mediante la explotación de la tierra a través del enarenado natural. Esta forma de cultivo suponía el acondicionamiento del terreno mediante la recuperación del antiguo suelo. Manteniendo la capa de ceniza volcánica se conseguía retener la humedad del suelo, disminuyendo la erosión generada por el viento, moderando la temperatura del suelo y evitando los destrozos de la escorrentía de la lluvia.

El uso benefactor de la lapilli, rofe o picón sobre la agricultura, ya era conocido en la isla desde épocas anteriores, cuando los vecinos de Haría usaban parte de los terrenos cubiertos por piroclastos de antiguos volcanes, llamados malpaíses, para el cultivo de la hortalizas y viñas con excelentes resultados.
Ya, a finales del siglo XVI II y debido al beneficio de las arenas de las erupciones volcánicas, Lanzarote producía vinos, legumbres, millo, papas, calabazas y otras hortalizas. También óptimos frutos de árboles como morales, higueras, manzanos, perales, cirueleros, membrilleros, olivos, etc.

La catástrofe volcánica generó una nueva distribución interna entre los núcleos de población y sus áreas de influencia, cambio motivado por la práctica destrucción de la zona central de la isla, lo cual supuso el resurgimiento de nuevas zonas de asentamiento como Tías, Mácher, Conil, La Asomada, Tegoyo o Peña Palomas. Asimismo, todo ello supuso un considerable incremento en el número de vecinos, la mayoría desplazados por las erupciones volcánicas.

Estos nuevos núcleos poblacionales a los que nos hemos referido, surgidos en los límites de las cenizas depositadas por el volcán, no sólo recibieron a los desplazados forzados, sino también a numerosos foráneos que en poco tiempo arribaron a la isla atraídos por su prosperidad.

El último e impredecible efecto que tendría, con el paso de los siglos, estas extraordinarias erupciones de 1730-1736 y que nadie jamás pensaría, fue que a mediados de los años 70 del siglo pasado, el territorio afectado por dichas erupciones, se convirtiera en el actual Parque Nacional de Timanfaya, y con ello la gran riqueza turística que ha generado. Tiene el privilegio de ser el tercer parque nacional más visitado, tras el del Teide, en Tenerife, y el de los Picos de Europa, en Asturias.

Y llegamos a Mácher, nuestro pueblo, y el motivo central de nuestra presencia hoy aquí.

Las primeras referencias históricas aparecen reflejadas en el Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España, de Pascual Madoz (1845-50) Político español que llegó a ser ministro durante el reinado de Isabel II, Mácher aparece en los siguientes términos: “ Pago o caserío dependiente de la jurisdicción de Tías, en la isla de Lanzarote, Provincia de Canarias, partido judicial de Teguise. Existe una ermita de Nuestra Señora de Los Dolores, de patronato particular”

Antes de recordar las vivencias de mi infancia y juventud me gustaría situarles en la evolución de la población de Mácher. En 1850 todo el municipio de Tías contaba con
2.7 50 habitantes. Mácher, en el último censo, superaba los 1.100 habitantes.

Ha sido extraordinario el crecimiento de nuestro pueblo, especialmente en los últimos 50 años.

Ahora, retrotrayéndome a mi infancia y primera juventud, rememoro ese tiempo con nostalgia y pienso cómo ha pasado el tiempo y cómo ha cambiado todo, tanto nuestro aspecto físico como el del pueblo.

Así, mis recuerdos me llevan a:

Camino de la Vegueta, de Capitas a La Asomada. Camino que recorría diariamente para asistir a la escuela, flanqueado por arenados cultivados de cebollas, plantadas en los surcos, verdaderas obras de arte y diseño, hechos con arados de mano y que los agricultores se esmeraban para que quedaran perfectos y no ser criticados. Pero lo más destacado en mi recuerdo era su olor. Si, La Asomada olía a cebollas.

Al sur de la carretera de Yaiza al Puerto, carretera que divide al pueblo de Mácher en dos, mirando a un lado y otro de la misma, podías ir diciendo quien vive aquí y quien allá, los cultivos eran otros, particularmente los tomates.

El cultivo de los tomates era un verdadero milagro de la naturaleza, como en general los cultivos de la isla. Para estas plantas, su único aporte de agua era una jarrita que se ponía en la cazoleta (en el lenguaje popular de la tierra, cazoleja) donde se plantaban. El agua era llevada en barricas cargadas por los camellos, y el resto lo aportaban las escasas lluvias que regaban estas tierras. Lo complementaba la fertilidad del suelo cubierto por la arena negra, regalo de los volcanes.

Posteriormente, los tomateros se iban extendiendo en el suelo, sujetos con piedras, para que el viento, casi constante en el pueblo, no los destrozara. Ello le daba una apariencia de alfombra verde de pasillo. Estas plantas daban unos sabrosos y riquísimos tomates que tanto disfrutaron los ingleses y que fue motor, durante muchos decenios, de la economía de la zona.

En mis recuerdos quedan las sabrosas ensaladas de tomates y cebollas y el característico e inconfundible olor de la planta del tomatero.

Más hacia la costa, donde no llegaban los arenados y las tierras eran menos fértiles, se cultivaba principalmente cebada, trigo y arvejas. Allí crecía la yerba, alimento de los ganados de cabras. Cabras que producían la leche para elaborar unos deliciosos quesos.

Si el invierno era lluvioso, era un regalo para la vista ver aquellas tierras, tan pardas y secas en verano, cubiertas de un manto verde donde la flor amarilla del alpaor y la roja de la amapola embellecían los trigales. En las tierras de barbecho, cubiertas del manto blanco de la flor del jaramago, me encantaba buscar nidos de pájaros: el caminero, el moñudo, las avutardas (hubara canaria) y los alcaravanes que cantaban cerca de las casas.

Terminada la recogida de las cosechas de cebollas y tomates, comenzaba la recolección de la sementera. Los camellos, con su caminar parsimonioso, se dirigían cargados y con sus vasos repletos, en dirección a las eras. Allí se efectuaba la trilla para obtener los granos, que después de ser tostados, eran llevados a la malina. La malina, como llamaban al molino de Mácher, es el símbolo representativo del pueblo. Los burros, cargados con sus costales blancos, se dirigían a él, como si de una procesión se tratara.

Luego, con el grano triturado por las piedras del molino, regresaban a sus casas desprendiendo ese olor característico que envolvía a todo el pueblo, ese rico y agradable olor a gofio, ese gofio alimento tan canario. Un alimento considerado humilde, pero de un gran valor nutricional, como se le reconoce hoy día por los expertos en el mundo de la alimentación, y que formaba parte esencial de la dieta diaria de los que vivimos esa época. La malina de Mácher constituía la única y fundamental industria de la zona.

Sí,Mácher olía a gofio.

Llegado el mes de junio, mes en que se terminaban las clases, empezaban las fiestas y las hogueras.

La hoguera de San Antonio, patrono de los novios. Esa era la primera hoguera del año. En esos días recuerdo las idas al Caletón, donde ya empezaban a madurar las primeras moras.

La hoguera de San Juan era la más importante. Esa hoguera era una competición con los vecinos para ver cual brillaba más, cual era más alta y cual duraba más. Para ello, con mucho tiempo de antelación, íbamos recogiendo todo aquello que pudiera arder junto a las torres de aulagas, plantas que no era tan abundantes como lo son ahora. Finalizada la misma, sobre las últimas llamas algunos nos atrevíamos a saltar y, por supuesto, luego el tradicional asadero de las sabrosas piñas.

Pero la fiesta de San Juan no sólo era la víspera con su hoguera, también estaba el día del Santo. Ese día era fantástico. Recuerdo, especialmente, la ida a la marea donde nos dábamos los primero baños del año en el mar iCuanto disfrutábamos de los mismos! Regresábamos a casa colorados como tomates. En esa época no se hablaba de rayos UVA ni de protectores solares. Aquello si era una auténtica fiesta.

Al mediodía nos esperaba el sancocho de pescado recién cogido, acompañado de las sabrosas papas y batatas de la tierra y de un buen mojo colorado. De postre las exquisitas frutas de la época: sandías, melones, higos picones, las primeras uvas…

Las uvas, doradas y dulces de malvasía, que muy maduras resultaban empalagosas, pero que con queso eran deliciosas y decían eso de que “uvas y queso saben a besos”. Pero lo que más recuerdo, era aquel inconfundible olor característico de los pámpanos. En ningún otro lugar las parras tienen ese olor como las parras de la Geria.

Pero lo realmente importante del mes de junio era la preparación de las Fiestas de San Pedro.

Se comenzaba por la limpieza general de las casas. Particularmente, se albeaban con la cal blanca y donde los primeros días había que aplicar lo que decía la canción “ Manué no te arrimes a la pared que te vas a manchar de cal”.

Por otra parte, no podía faltar la compra y el encargo de hacer el vestido que se estrenaría en la fiesta.

Y llegaba al día grande, el veintinueve de junio, festividad de San Pedro Apóstol, patrono de Mácher.

En la víspera se encendía el horno donde se hacía el pan y los dulces: mantecados, mimos y los ricos bizcochones iCómo olía el horno!

Se preparaban todos los elementos de la comida del día siguiente y se planchaba la ropa para llevar a la función.

Por la noche teníamos la tercera hoguera en honor a San Pedro. Esta no era tan espectacular como la de San Juan, pero San Pedro también tenía su hoguera.

Llegaba el día de la fiesta. Con nuestro vestido nuevo nos dirigíamos a la ermita de San Pedro, en su antiguo emplazamiento.

Allí estaba San Pedro, con su gran calva y su túnica de colores pálidos. Una imagen, que aunque hayan pasado los años y no haya visto en mucho tiempo, la recuerdo con nitidez. Transmitía una sensación de paz y tranquilidad, allí en su hornacina, con las llaves en la mano.

Ese día la ermita estaba a rebosar y, como siempre, las mujeres en los primeros bancos y los hombres en los últimos.

La función, una misa cantada, se hacía interminable y ya avanzada la ceremonia nuestras tripas empezaban a protestar, pues la norma de ir a comulgar en ayunas pasaba factura.

Por fin, terminada la función, salía San Pedro a la calle, suerte que es calvo y no se despeinaba con el viento con que cada año nos premiaba. Digo viento ¿Quién se atreve a decir que en Mácher hace viento? Puede que a San Pedro le gustara ver pelearse a las chicas con sus faldas.

Terminada la procesión y la batalla con el viento, San Pedro retornaba a su hornacina, de la cual no volvería a salir hasta el año siguiente.

Rememorando todas aquellas vivencias me detengo y miro detenidamente todo el entorno en el que viví. Veo el camino de la Vegueta, hoy asfaltado. Veo la carretera de Yaiza al Puerto con sus rotondas: la de Capitas y la del Volcán. Miro las casas que las circundan y sólo reconozco unas cuantas, ya no sé quienes viven en las mayorías de ellas. El pueblo ha crecido.

Ya no hay alfombras verdes, ni sementera en las tierras de la costa, ni pájaros. La Asomada ya no huele a cebollas, Mácher tampoco huele a gofio, ni la víspera de San Pedro huele a pan y a dulces en el horno. Y repito con nostalgia icómo ha cambiado todo!

Pero en Mácher queda su molino como símbolo y nuestro patrón, San Pedro, que los vecinos siguen festejando cada año y manteniendo la tradición. El pueblo ha cambiado pero el espíritu sigue vivo. Y ya termino con un deseo:

iDisfrutemos de las Fiestas! y…
iVIVA SAN PEDRO!

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s