Pregón de Puerto del Carmen 2018

Publicado: 14 agosto, 2018 en Pregones de Puerto del Carmen

Fuente:
Archivo de: Óscar Torres Perdomo y Jesús Perdomo Ramírez

Pregón de las Fiestas de Ntra. Sra. del CarmenPuerto del Carmen  2018

Por:  Yolanda Suárez Batista

Señor alcalde, señor concejal, apreciado público, buenas noches a todos:
Deseo empezar este pregón poniendo de manifiesto mi gratitud hacia mis padres, Domingo Suárez y Amelia Batista, quienes tuvieron la brillante idea de trasladar su domicilio de Tías a La Tiñosa en 1957. Yo he sido la única de mis cuatro hermanos (Domingo, Pino, Ignacio y Fefo) que nació aquí, en el actual Puerto del Carmen, el mes de noviembre de 1959. De esta forma, pude desarrollar una feliz y estupenda infancia en una humilde vivienda situada a escasísimos metros del mar. Cierto es que aquella casa no estaba en muy buenas condiciones pero me encantaba porque poseía un patio enorme y un traspatio que tenía una puerta que daba justo al mar… ¡fíjense ustedes que desde mi domicilio llegué a meter los pies en el agua cuando subía la marea! ¡Qué privilegios los de aquel tiempo!

Muchos recordarán que este hogar se encontraba justo delante de la puerta de la iglesia (concretamente donde hoy descansa un restaurante) y allí no solo viví toda mi juventud sino que también hice mis trabajitos de dependienta. Mis padres adaptaron una habitación que daba a la calle y la transformaron en una tienda de comestibles. En los primeros años, ellos y mi hermana Pino fueron los encargados de despachar la leche fresca que traía mi padre desde muy temprano de Casa Felipe, el de Tías; además de vino, alcohol, zapatos, fruta… ¡hasta petróleo llegamos a vender! Recuerdo que teníamos también vajilla duralex, nada que ver con la loza que solían traer los marineros y que sufría un desgaste importante en su uso. La duralex no se rompía aunque una quisiese. Aquí traigo una muestra. La compró en su día Candelaria Rodríguez y, como ven, todavía la conserva.
Imágenes imborrables estas, como las de los veranos que pasaba metida en la marea de Seña Celia y en El Poril con mi amiga Blanca, la de Agustín y Manuela; mi hermana Pino, Estrella, las hijas de Mercedes, las hijas de Ubalda y mis primas las de Paco el cojo. También me hacía un recorrido por toda el área de Los Afrechos con todos los vecinos y vecinas que allí vivían. Casi siempre me acompañaban las hijas de María la chica y las de Juan y Modesta. Pero además de estar casi todos los días jugando dentro del mar, ayudábamos a los marineros a sacar el pescado de los barquitos de remo que flotaban en las aguas del varadero. Mencionar la generosidad de muchos de ellos, pues siempre nos regalaban unos kilos para llevarlos a casa. Parecía que no pero, como ven, había donde entretenerse…
Tuve la enorme fortuna de ir a la escuela de niñas de la calle Bajamar, donde hoy se encuentra la biblioteca municipal, y de que me diese clase doña Elsa Betancort. Guardo un magnífico recuerdo de ella, una persona con mucho sentido del humor y una grandísima profesional de la enseñanza. Esto hacía, a mí y a todas nosotras, asistir y disfrutar de sus entretenidas y didácticas clases que, créanme, merecían mucho la pena. Al salir de allí, acompañaba a mi vecina Blanca y a Estrella a mariscar cuando estaba la marea vacía. Estrella se metía a pulpear y nosotras cogíamos burgaos que luego guisábamos en la casa de Seña Celia. Nuestra vida giraba en torno al mar.
Me quedan todavía unos párrafos que relatar, pero me veo en la necesidad de hacer un pequeño un alto en el camino para darles las gracias a ustedes. Como habrán podido deducir, adoraba y adoro el contacto con la gente del pueblo. Todos teníamos una relación de amistad, cordialidad y respeto recíproca. Un cariño que, por suerte, se prorroga en el tiempo hasta la actualidad. Por eso, quiero mostrarles mi gratitud porque siempre me han abierto las puertas de sus casas para lo que he necesitado. Insisto: sin ustedes, hoy no estaría aquí sentada leyendo estas líneas.
No sé si recordarán que mi padre estuvo a cargo de un bar cuya propiedad pertenecía a Manuel Viña. Manuel solamente servía copas y vendía pescado seco, pero mi padre consiguió darle una vuelta de tuerca cuando el local cayó en sus manos. Mi madre se puso en los fogones a cocinar, entre otros alimentos, carne en adobo cuyos olores se esparcían por todo el pueblo. Asimismo, se organizaron bailes los fines de semana para los cuales se contrató al grupo Estrella del Sur, formado por Benito Artiles y sus hijos. Aquellos tenderetes funcionaron de maravilla, incluso venía gente de Arrecife a disfrutar de ellos. Sin embargo, este periodo fue muy corto. Tres años estuvimos con el bar ya que el éxito fue visto con muy buenos ojos por Manuel Viña, que decidió romper el contrato que había hecho con mi padre y recuperar el bar, pero nunca le funcionó como a nosotros.
De breve tiene muy poco, por otro lado, mi etapa en las Fiestas del Carmen. Contó Antonio Pérez en su pregón de 2012 que las fiestas de la década de 1950 “tenían fama de ser buenas” y que durante toda esa etapa funcionaron muy bien. Sin embargo, al entrar en los años sesenta empezaron los vaivenes y las dudas de si continuar o no, pero al final siguieron adelante. Pues un hecho similar aconteció a finales de los 70. Me acuerdo que Tile entró corriendo en la tienda para preguntarme si sabía cuándo se iba a poner el cartel con las fechas de las reuniones para organizar las fiestas. A mí aquello me pilló por sorpresa e improvisamos en el momento: inmediatamente apuntamos en un trozo de papel la convocatoria de la reunión. Anotamos un día y una hora al azar pues no teníamos nada que perder. Ella misma se encargó de colgar aquel “cartel” en la puerta del club. Si no es por ella, vayan ustedes a saber si ese año había fiestas o no… ¡Ah! Y cuando menciono al club, no me refiero al teleclub donde actualmente nuestros mayores juegan al dominó y a las cartas todas las tardes, sino a un solar que estaba pegado a la iglesia. Ese espacio lo donó el vecino Luciano Hernández y aquel lugar se habilitó para organizar bailes, guateques, reuniones de vecinos, teatros, etcétera.
Justo en ese tiempo se llevó a cabo una renovación en la realización de las fiestas con nuevas actividades. Se nos pasó por la cabeza incluir en la programación un almuerzo dedicado a nuestros mayores, pero como no disponíamos de un local que reuniese las condiciones para hacerlo, tuvimos que requerir la colaboración de los bares y restaurantes de la zona. Solicitamos sillas, mesas y sombrillas y montamos una comida en la plaza que contó con gran afluencia de público. Recuerdo que, además, recibimos la visita de la Rondalla de la Tercera Edad de Arrecife.
Pasaron los años y las fiestas se nos iban de las manos. Ya no solo participaba la gente del pueblo sino que empezaron a llegar vendedores ambulantes de otros puntos de la isla y del resto del archipiélago con sus puestos de turrones, jamones, bocadillos y bebidas; incluida la revolución que supuso la llegada de las atracciones de Santana. Ante aquel panorama, asomaron por la tienda los feriantes y ventorrilleros para preguntar cómo se iba a organizar la disposición de los puestos. Así que opté por llamar a Florencio y decidió enviar a personal del ayuntamiento para que mediase entre todos. Se puede decir que en ese momento, y hasta hoy, empezó una “coproducción” entre el ayuntamiento y la gente del pueblo para organizar las fiestas. Se acabó tocar por las puertas de las casas para pedir ayuda. Hubo un giro en la realización y a nuestras fiestas fueron invitados el mismísimo Dúo Dinámico o los Cantores de Híspalis.
Por otra parte, el trabajo que llevo desempeñando desde hace años en la iglesia ha tenido una enorme importancia en mi vida. Al vivir justo en frente, el cura don José Quintero nos dio la llave de la puerta (la llave era un trozo enorme de hierro) y nos convertimos en las responsables de abrirla y cerrarla cada vez que se celebraba una misa. La puerta la hizo el abuelo de Ico Arrocha, Ruperto Arrocha. Tiempo después, en 1977, llegaron a la isla desde la península unas monjas franciscanas que se alojaron en la casa de Fela y Lorenzo. Ellas formaron un equipo que impartió clases de catequesis a los niños. Pero como solas no se bastaban, comenzaron a solicitar ayuda entre las gentes del pueblo para realizar de manera óptima su cometido. De esta forma entraron en su grupo Maribel, Olguita, Rosa María, Fefa, Siona, Lidia, Fátima… quienes además de colaborar en las labores de limpieza de la iglesia, tuvieron la oportunidad de dar clases de catequesis. Asimismo, se organizaron obras de teatro y belenes vivientes. Una servidora también formó parte de ese equipo y, actualmente, sigo dando catequesis a padres y madres, además de colaborar en las misas del pueblo.
En esa época, don José Quintero organizaba el cine de verano y Lázaro, el de Tías, era el encargado de traer los rollos de película para proyectarlos en la iglesia, que se encontraba en pésimas condiciones: había un agujero enorme en la pared y don Ventura Quintero, el padre del cura, colocaba una piedra para que los niños no se colaran sin pagar. Aunque esta acción servía de poco, pues los que entraban pagando religiosamente su entrada se encargaban de rodar la piedra para que otros se colaran cuando la sala estaba a oscuras. Allí vimos por vez primera Un rayo de luz y Ha llegado un ángel de Marisol; Canción de juventud y Más bonita que ninguna de Rocío Dúrcal; o Dos pistolas gemelas de Pili y Mili.
Todas estas vivencias las viví en un contexto de transición de un pueblo marinero a una zona turística. En 1966 se inauguró el Hotel Los Fariones y comenzaron a llegar los primeros extranjeros. En La Tiñosa no había una persona que hablase inglés o alemán, por eso, en la tienda, les dábamos a los extranjeros total libertad para coger lo que quisieran de las estanterías. Casi todos venían con cámaras en sus manos para tomar fotografías del pueblo. Además, se animaban a darse una vuelta en barco con nuestros marineros. Cirilo, Emilio, Agustín o Juan llevaron a más de un visitante.
Y así, poco a poco, los habitantes de La Tiñosa nos fuimos integrando en la que es hoy una sociedad turística. Cambió hasta nuestro vestuario y se convirtió en una rutina semanal asistir a las proyecciones cinematográficas de Antoñito el canario. Luego, íbamos al Centro Comercial Playa Blanca conocido por todos como El Barracuda a tomarnos el Sandwich Club y el Martini Blanco. ¡Qué buenos recuerdos!
Antes de terminar, quiero destacar que la esencia de los orígenes del pueblo marinero persiste hoy gracias a la descendencia de nuestros primeros marineros. Nuestra historia no debe desatenderse nunca y, si es necesario, revisarla y reivindicarla. Para entender el presente y el futuro es imprescindible conocer de primera mano el pasado, nuestro pasado. Sin olvidar, como ya hacen muchos y muchas, que es necesario reinventarse para que las tradiciones y costumbres sigan adelante. Con esto quiero aplaudir a aquellas jóvenes personas que siguen echándose a la mar desde muy temprano para salir a pescar, a las que han querido aprender cómo se construye un “jolatero”, a las que ya han tenido un timple en sus manos, a las que se han animado a prestar su voz a la riqueza del folklore canario; o sencillamente, a las que aportan su granito de arena para que el génesis de La Tiñosa siga latiendo como el primer día.
Sin más, les deseo que pasen unas felices fiestas y… ¡viva la Virgen del Carmen! ¡Vivan los marineros!
 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s